La capital iraní se convirtió este domingo en el epicentro de un duelo cargado de tensión y llamados a la guerra. En el segundo día de funerales por el ayatolá Alí Jamenei, asesinado el pasado 28 de febrero en una operación conjunta de Estados Unidos e Israel, cientos de miles de seguidores colmaron la Gran Mezquita Mosalá. Mientras los presentes coreaban consignas de muerte contra Donald Trump y Benjamin Netanyahu, la ceremonia estuvo marcada por una notable ausencia que alimenta todo tipo de especulaciones: la de Mojtaba Jamenei, el sucesor designado y actual líder supremo en las sombras.
La aparición pública de gran parte de la cúpula del régimen —incluyendo al presidente Masaud Pezeshkian y altos mandos de la Guardia Revolucionaria— sugiere un intento de Teherán por proyectar una imagen de normalización y control tras meses de hostilidades. Sin embargo, el hermetismo en torno a Mojtaba es absoluto. Según reportes internacionales, el nuevo líder permanece oculto debido a las graves heridas que habría sufrido en el mismo atentado que terminó con la vida de su padre, lo que lo convierte en el blanco principal de las amenazas israelíes en medio de una frágil tregua.
Amenazas directas y un tablero geopolítico en pausa
El clima en las calles de Teherán no da lugar a la diplomacia. Los llamados a la venganza pasaron de lo simbólico a lo explícito: desde el escenario principal de la ceremonia, el poeta Mohamad Rasouli lanzó una amenaza directa contra el presidente estadounidense Donald Trump, preguntando abiertamente por qué seguía con vida, una provocación que fue recibida con ovaciones por la multitud. Mientras tanto, en Washington, Trump desestimaba la retórica iraní, asegurando que las fuerzas militares del régimen habían sido «aniquiladas» durante los meses de conflicto.
El país se prepara ahora para una semana de procesiones que llevarán los restos de Jamenei desde Teherán hasta su ciudad natal, Mashad, pasando por centros religiosos en Irak. Esta demostración de fuerza popular busca disimular las profundas fracturas internas y la crisis económica que azota a la República Islámica. Con las negociaciones por el fin permanente de la guerra en pausa hasta el final de los funerales, el mundo observa con atención: Teherán intenta utilizar la movilización masiva como escudo para mantener su influencia sobre el estrecho de Ormuz, mientras el miedo a un nuevo ataque israelí sigue latente tras el velo de luto.
